PARTE 13:
Sus talones me daban leves golpecitos en cada una de mis nalgas mientras la penetraba con fuertes y rítmicas embestidas. Sus manos me sujetaban levemente los costados, tocándome las costillas, como si estuviese aguantando el techo, como preparada para comunicarme en cualquier momento que debía dejar de embestir tan fuerte. Pero no lo hizo.
En lugar de hacerme parar y perder una cierta iniciativa hizo algo distinto. Hizo descender mi frenético ritmo, casi juvenil, abrazándome con sus piernas. Las cruzaba por detrás de mi trasero, con fuerza, haciendo que la penetración fuera total, expiraba un poco tras el empuje y soltaba el abrazo, permitiéndome una cierta retirada, de modo que sólo mi glande permaneciera en su interior.
De ese modo logró lo que supuse en aquel momento eran sus tres objetivos: pasar a tener, una vez más, la iniciativa y el control de la situación, obtener el placer (supongo que para ambos) de recibir penetraciones más profundas pero más pausadas y obsequiarme con el roce de la cara anterior de mi pene en la entrada de su vagina.
Era muy activa, no había forma de llevar la iniciativa con ella. Debía mantener relaciones muy monótonas con su pareja, no podía ser de otra manera. Me hizo abrazarla, unos instantes, lo justo para sentir la presión de sus senos en mi pecho, tanta que podía sentir sus pezones a pesar de que no eran especialmente notorios. Fue solo una excusa para poderme hacer rodar y colocarse encima de mí. Casi nos caemos de la cama.
Había que probar otro jueguecito. Sacó mi pene de su vagina y empezó a frotarse con él, como si estuviese recorriendo una barra con él. Mi erección se mantuvo absolutamente firme ante la excitación de ese nuevo “arte”. Su ritmo fue acrecentándose, primero poco a poco para ir aumentando progresivamente sin cesar. Su cadera, su pelvis, describían movimientos elípticos, casi circulares que describían perfectamente qué debían estar haciendo esos tres: mi pene, su vagina y su clítoris.
Cuando parecía que iba a llegar ya al éxtasis, se incorporó un poco, el movimiento anterior lo había hecho en una posición parecida a la de conducir una motocicleta, puso los dos pies en la cama, cada uno al lado de mis caderas y se sentó sobre mi pene, absolutamente erguido. No había más contacto físico entre ella y yo que el de la penetración propiamente dicha.
Ante mi sorpresa, hizo un derroche de poderío físico, al estar bastante tiempo, quizás un par de minutos, en esa posición, subiendo y bajando a un ritmo que podríamos calificar de frenético. El frenesí no estaba reñido con el control. Que me aspen si no estaba contando, como muchas veces hago yo, ya que, a intervalos regulares se sentaba violentamente sobre mí haciendo que la penetración fuese absoluta. A continuación seguía una serie de movimientos que introducían tres cuartas partes de mi pene para acabar en una violenta sentada, para volver a la misma rutina.
El estar tumbado observando qué es lo que ella hacía y cómo lo hacía me permitió relajar toda mi musculatura, abstraerme, si se quiere decir así, de la excitación sexual y no irme antes de tiempo.
Lógicamente, el cansancio llega antes o después. Se sentó, volvió a apoyar las rodillas en la cama, se me abrazó y descansó un poco mientras hacía unos suaves movimientos con su cadera, con un breve recorrido, para mantener atento mi pene.
Se dio la vuelta, mirando a mis pies, pasó su mano por entre sus piernas para buscar mi pene, que encontró sin dificultad alguna, estaba esperando allí la siguiente instrucción, y lo introdujo de nuevo. Empezó a subir y a bajar a través de él ya con una intensidad y fuerza que me hacía ver que quería hacerme llegar al éxtasis lo antes posible. Esa posición dejó su ano al alcance de mi vista.
Could I take you from behind?
Cesó inmediatamente en su movimiento y permaneció parada unos instantes, sentada sobre mí, con todo mi pene introducido en su vagina. Parecía estar reflexionando.
We can try it, dijo con una voz entre tímida y expectante.
Muy despacio, se fue incorporando. Mi corazón latía desbocado. ¿Había dicho yo eso? No me lo podía creer, parecía que lo hubiera dicho otra persona. ¡¡¡ Y ella parecía aceptar !!! Pude ver como su vagina se deslizaba por mi pene, a cámara lenta, pareció tardar días en llegar al extremo final. Contemplé mi pene. Me recordé a mí mismo, en la adolescencia, en esa etapa de inseguridad, midiéndomelo con una regla, viendo el límite en los diecisiete centímetros. En aquel entonces pensaba que debía ser el pene más pequeño del mundo. Esbocé un ligera sonrisa, recordando el hummm de aprobación de Jennifer cuando contempló mi pene por mi primera vez al retirar mis boxers mordiéndolos por la cinta. Parecía que aquello había ocurrido hacía varios siglos.
¿Y si le hago demasiado daño? Yo no he hecho esto nunca, pero creo que ella tampoco. ¿Tantas ganas de experimentar tiene?
En su mismo movimiento de retirada se quedó colocada, como se suele decir, a cuatro patas. Los hombros le quedaron ligeramente más altos que su cadera. Tuve que ponerle la mano casi en la nuca y empujarla ligeramente hacia abajo para que quedara más inclinada. Necesitaba ver claramente qué hacía por allí atrás. Obedeció sumisamente, sin rechistar.
Torpe de mí hice un primer intento de penetrarla como si lo estuviera haciendo por la vía usual. Ni siquiera la más fuerte de mis erecciones me lo permitió. Nadie había estado allí nunca. Cogí mi pene con toda la fuerza de que fui capaz, por la base, dispuesto a hacer la presión que fuese necesaria para entrar allí, pero sin hacerle daño, al menos no demasiado.
Viendo mi determinación, antes pregunté. Are you ready, honey? No habló, solo murmuró algo parecido a una afirmación.
¿Honey? Fue lo primero cariñoso que le dije en el tiempo que llevábamos enfrascados en aquella locura. Supongo que lo hice para dulcificar lo que me parecía que no debía ser un momento placentero para ella. Tenía la terrible duda de si ella hacía aquello por su experimentación o si lo hacía para complacerme. Quizás fuera para ambas cosas.
Me dispuse a intentarlo de nuevo y esta vez pareció funcionar mejor. Muy lentamente fui perdiendo de vista mi glande, que iba penetrando poco a poco. La oí lamentarse, no de un modo escandaloso, como a quien le están provocando un dolor soportable pero largo en el tiempo; los varios segundos que tardé en tener todo mi glande introducido. Cesé mi empuje y cesó su lamento.
Tenía su mano en la vagina, frotándose con intensidad, como si estuviera masturbándose. Eso lo había visto yo en películas. Desconocía en absoluto si era por obtener más placer, si era por “disimular” el dolor obteniendo placer de ese modo o, simplemente, si era algo “instintivo”.
Me dio la sensación, no tenía ni idea, de que se estaba preparando para recibir el resto. Inicié otra vez el empuje, mucho más suave que el empuje inicial. En ese momento profirió un quejido mucho más evidente, se giró medio lateralmente y me puso una mano en mi abdomen. Sólo me llegó a tocar con las primeras falanges de los dedos. Creo que el dolor no le permitía moverse más.
No, not in this way, please.
Pronunció estas palabras con la cabeza medio baja, mirando hacia el colchón. Dándome perfecta cuenta de sus ganas de experimentar cosas nuevas para ella (y algunas para mí) y viendo su renuncia a hacerlo de ese modo comprendí que aquello debía ser muy duro para ella. Me retiré con muchísimo más cuidado del que tuve para penetrarla.
Yo no hice nada y no sé cómo lo hizo ella pero, en esa misma posición logró que mi pene se volviera a introducir en su vagina. En realidad fue al revés, fue ella la que vino hacia mí, como un imán que se pega al hierro y no al contrario.
Y así fue el principio del fin, yo de rodillas en la cama, ella sobre sus rodillas y manos, yo quieto y ella haciendo movimientos hacia atrás, logrando con una pericia increíble llegar hasta la punta de mi pene sin que éste se saliera de su vagina y golpeando hacia atrás su trasero contra mi abdomen. Una y otra vez. Una y otra vez.
Vamos, nena !!!, le dije casi fuera de control.
No me entendió, pero me comprendió. Continuó todo lo rápido y fuerte que esa posición le permitió.
Yo estaba al borde de no sé qué. Me incliné un poco hacia delante, le cogí los pechos desde atrás y empecé a empujar con verdadero frenesí. Era maravilloso manosear sus pechos mientras la penetraba de ese modo, pero no era demasiado cómodo. Me volví a incorporar, la cogí por las caderas, como si quiera llegar a sus ingles desde atrás y me sumí en la más absoluta de las locuras, penetrándola una y otra vez hasta eyacular, en un momento álgido, aprendo sus caderas contra mí e introduciendo mi pene hasta lo más profundo mientras sentía los estertores de éste en sus varias descargas, notando su base aprisionada entre las paredes de su vagina mientras la parte superior se movía en su interior como si tratara desesperadamente de desprenderse del preservativo.
En ese momento me dejé caer sobre su espalda, besando su nuca y cogiendo, ya si tanta fuerza, de nuevo sus pechos. Su espalda, empapada en sudor, mi pecho empapado en sudor. Permanecimos así unos minutos y nos dejamos caer, de costado, sin dejar todavía que el pene se saliera. Yo la tenía abrazada por la espalda; ella sólo tenía su mano en mi cadera.
No me dormí, era imposible, aquello había sido demasiado increíble para haberse dormido. Pero es cierto que estuve unos minutos, no sé cuantos, en un estado de somnolencia profunda, de vigilia. Supongo que requería de cierto tiempo el que la sangre retornara a su lugar y función habitual.
Me despertó, por decirlo de alguna manera, su movimiento para ir hacia el baño. Oí como orinaba y, a continuación, cómo se duchaba. Cuando salió, mientras se vestía, me duché yo. No había palabras, pero tampoco había sensación de que ninguno estuviera apesadumbrado. Tampoco había sensación de que aquello fuera rutinario, ni para ella ni para mí.
Me pidió que la acompañara a coger un taxi, lejos del hotel. Le contesté que por supuesto, que la acompañaba a donde fuese necesario. Y así lo hice.
Caminando por la calle empezó a hablar. Todos sus comentarios parecían ir dirigidos como a justificarse por lo que había pasado. La tranquilicé y consolé en ese sentido, por si se estaba arrepintiendo. Era una auto consolación para mí mismo también.
Nos despedimos en la puerta del taxi, con un casto beso en la mejilla.
Volví al hotel pensando como un mal escritor de novelas rosa: dos extraños se encontraron en ningún lugar, los dos sabían lo que hacían, ninguno lo que quería.
Era tarde, pero llamé a mi mujer. Le dije que la quería muchísimo. Ella, recién despertada del primer sueño, me preguntó si me ocurría algo. Nada, un mal día en la oficina. Dale un beso muy fuerte a los niños. Te quiero. Te quiero.
La siguiente, y última vez, que vi a Jennifer fue en mi despedida de todos los empleados de la empresa cliente. Nadie pudo notar nada.
Fue gracioso. Al despedirnos me dijo que había aprendido mucho del proyecto y que, en adelante, eso le permitiría trabajar mucho mejor.
Pensé en su novio como la persona más afortunada del mundo; se lo iba a pasar en grande.
Yo también lo era, tenía a mi mujer y mis hijos, mi familia.
La primera noche tras mi regreso hicimos el amor. Menos fogosidad, menos experimentos.
Pero más amor.
T H E E N D
Lucidacasual
Veo que te decidiste por fin a publicarlos. Y veo también el posible trabajo de un psicoanalísta. Jovencita si. Que casual. Y que bueno, una descripción muy minuciosa y muy real. En fin seguiré leyendote y cuando esté más despierta te haré alguna crítica más constructiva. Ah, y por cierto discrepar puede estar solo. Sobre todo cuando lo entiendes. Un saludo ardiente. Lucidacasual.