...aunque no me siento descansado.
¿Alguna de mis amigas sigue virtualmente viva?
@ 2008-01-13 – 23:11:16
...aunque no me siento descansado.
¿Alguna de mis amigas sigue virtualmente viva?
@ 2006-03-14 – 22:43:32
A mi señal, ira y fuego.
No hagáis prisioneros.
Quemadlo todo.
Violad a las mujeres. Después, degollad a sus hijos.
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Y sin embargo, es tan bello mi chiquitín mientras duerme.
@ 2006-03-10 – 23:02:22
Mi cabeza es redonda y suave.
Mi cuerpo fino y delgado.
A veces me llaman por mi nombre femenino.
Otras por el masculino.
Inerte, y sin movimiento, parezco inofensivo.
En movimiento soy todo un peligro.
En realidad, no tengo sexo. Y no soy ningún angel.
Más bien parezco hijo del demonio.
No pienso. Pero hay quien me busca aunque y donde sea imposible encontrarme.
Hay que ir con cuidado conmigo cuando me estás buscando.
Cuando me cojas, no te relajes, aumenta tu precaución.
Llámame aguja, llámame alfiler.
Pero sabes que te heriré.
@ 2006-03-09 – 22:59:30
Mi nombre es Poeta. Vivo en la calle Amargura, tres manzanas más abajo de la Avenida Esperanza. Para los que no conocéis la zona, os baste saber que está en un barrio marginal de la ciudad de Vetusta.
Me gusta pasear con mis perritas, Tristeza y Soledad, por el parque de los Desamparados. Mientras purgan su cuerpo en el césped yo me siento siempre en el mismo banco, en el que algún descarado jovenzuelo escribió Tonto el que lo lea.
Mi nombre es Poeta. Aunque no escriba en verso. Mi madre se llamaba Depresión y mi padre Ira; nunca soportó tener nombre de mujer. Creo que mi abuelo también era Poeta y lo llamó Ira porque era un hijo no deseado.
Me gusta fornicar con mis putitas, Amistad y Sociedad. A la primera nunca la beso ni la abrazo, solo fornico. A la segunda sólo la sodomizo.
Mi nombre es Poeta. Vengo del paritorio y me dirigio al tanatorio. De allí al purgatorio. Y acabaré en la Nada, que era donde estaba antes de llegar al paritorio.
Y no tardaré en llegar allí. Me han detectado una gravísima enfermedad, llamada Felicidad. Dicen que es totalmente incompatible con la vida. Me dan una medicina llamada Realidad que lo único que hace es mantenerme con vida, pero sin esperanza alguna.
Miro a mi médico, la Dra. Rutina, y le digo que me gusta mi enfermedad. Que mi nombre es Poeta. Que quiero seguir enfermo.
Mi nombre es Poeta.
@ 2006-02-13 – 16:45:04
PARTE SIETE:
Mario llegó puntual, a las 10, a la cafetería donde Noemí y compañía le había citado. Pensó que el corazón desbocado sería fácilmente reconocible bajo su polo, tal era el nerviosismo que le acompañaba. Dudó en si llevar algún presente, del tipo flores, regalo informal o cosas del estilo, pero la presencia de la “vela” de la amiga le disuadió por completo, pensó en que era mejor caer en lo ridículo de un modo inconsciente y no por algo mal planeado.
Una vez decidido a presentarse tal cual, entró en la cafetería, que estaba a escasos metros del trabajo de Noemí, esperando haber sido más que puntual. Efectivamente, tal como ocurre en las bodas, la novia aún estaba por llegar.
Pasados cinco minutos, dos chicas entraron por la puerta y se dirigieron a él preguntándole por su nombre. Noemí, astuta como en los chats, había hecho que Mario pidiera su consumición y la suya y la de su amiga con lo que era fácilmente reconocible en aquella cafetería.
Conociendo virtualmente a Noemí, Mario no sabía del todo cierto a qué venía, pero ya en los pocos metros que separaban la puerta de la cafetería de su mesa pudo constatar que, no siendo ninguna de las dos chicas ningún bellezón, una era menos atractiva que la otra.
Noemí, la menos atractiva, lástima, qué se le iba a hacer, le presentó a su compañera, Helena. La pequeña decepción inicial de Mario jugó a su favor ya que le permitió estar algo más desinhibido, dentro del corte inicial que producía una situación así, que si hubiera tenido que vérselas con la más atractiva.
El hecho es que pasaron un rato muy entretenido y el hielo se rompió rápidamente llegando incluso a bromear como si conocieran de otras veces. Noemí parecía algo más reservada que Helena; normal, pensó Mario, seguro que Helena no necesita de chats para ligar… aunque quizás Noemí tampoco esté pretendiendo ligar, vigila Mario que te la vas a dar.
Mario, obedeciendo a sus impulsos, tan naturales como primitivos, no pudo evitar evaluar sexualmente sus posibilidades con Noemí, con Helena, y con las dos a la vez. Pensativo en esta última posibilidad, llamémosle mejor fantasía, se sorprendió a sí mismo sonriendo, esbozando una ligera mueca en su cara. Estas dos se deben pensar que soy imbécil, pensó.
En ese momento, Noemí se disculpó un segundo para ir al lavabo. De camino hacia allí, fue nuevamente evaluada por Mario, que decidió que tenía un buen culo, aunque… personalmente parecía como si no acabasen de cuajar, parecía algo distante, no era como en el chat. Pensó que debía aprovechar la oportunidad para que Helena le comentara algo más sobre Noemí, algo que les pudiera acercar más. No hizo falta, Mario iba siempre varias jugadas por detrás de cualquier mujer que estuviera en un kilómetro a la redonda.
- Encantada, yo soy Noemí –dijo Helena, mientras le extendía la mano a modo de presentación. Perdona la jugada pero he usado a mi compañera como pantalla, ya sabes, no todo el mundo en internet es quien dice ser, y menos cómo.
Mario podría haber sacado sus propias vísceras antes que una palabra, por muy idiota que ésta hubiera podido ser.
- Me has parecido mejor en persona de lo que me imaginaba. Si quieres, podemos tener una cita en cuanto pueda estar segura de que mi novio no va a venir –le susurró al oído mientras le daba un beso de los de mejilla contra mejilla al mismo tiempo que se levantaba para regresar al trabajo.
Continuará en breve…
@ 2006-02-13 – 08:01:41
CAPITULO 4
Mientras se acercaba a ellos Amelia se preguntaba por qué coño se sentía como la adolescente que va a pedir su primer autógrafo a su gran ídolo. Estaba segura de que no era por ninguno de los dos contables, creía que se trataba del mero hecho de haber caído en una encerrona. No tenía ni idea de lo que Miriam podía haber tramado, ni tampoco estaba segura si los chicos estaban al corriente de aquella emboscada.
Suspiró para sus adentros y puso todos sus sentidos en alerta, concienciada ya a pasar aquella tarde a merced de lo que otros hubieran podido tramar. Su radar femenino empezó a rastrear caras, gestos, entonaciones... cualquier cosa que pudiera ir ofreciéndole pistas. Sabía que mientras estaba rastreando a los demás ella no ofrecía su mejor imagen ante el resto de sus acompañantes ya que se le veía algo alerta, pero eso ahora no le importaba, lo único que pretendía, por encima de todo, era situarse en aquella tesitura.
Su radar le indicó que Pedro estaba allí igual que hubiera podido estar en una fiesta universitaria, a ver qué podía pescar. Si no podía pescar nada se volvería, silbando, por donde había venido. No se le veía otra pretensión.
Sobre Gonzalo todo era más confuso. Su postura se podría encuadrar en el “verlas venir” pero sin llegar al pasotismo. Mantenía su distancia pero tampoco dejaba que las chicas se le fueran de las manos. Parecía algo más volcado sobre Amelia pero se decantaba hacia Miriam en cuanto Amelia parecía estar más por él.
Gonzalo no era especialmente atractivo pero tenía su qué; el mismo que se supone había atraído a Miriam. No destacaba en nada pero tampoco tenía grandes defectos, en cualquier aspecto relacionado con su físico. Pero atraía. No era una atracción que volviera loca a cualquier mujer ni que la hiciera girarse en plena calle. Era... algo que atrapaba en las distancias cortas, en el tú a tú.
Pedro era más atractivo, cercano al “tío bueno” clásico. Rostro de rasgos angulosos, pelo corto y bien cuidado, torso y hombros claramente perceptibles bajo su ropa, una estatura tirando a media alta y un discreto bronceado. Tenía un cierto aire de timidez que parecía superado sólo gracias a conocer que poseía un buen físico. Lamentablemente, en esas distancias cortas ofrecía lo mismo que en las largas: un buen físico, nada más.
A medida que iban cayendo los tragos las estrategias parecían definirse. Miriam, pletórica entre los dos hombres, había ido tirando la caña a diestra y a siniestra. Amelia no podía evitar sentirse una vez más ruborizada viendo el descaro que, a veces, lucía su compañera y un tibio rayo de envidia sana le salía de su interior. Pero Miriam había decidido hacía un rato que le tiraba más lo evidente de Pedro que lo misterioso de Gonzalo. Gonzalo, lejos de desmoronarse ante la pequeña derrota con Miriam, siguió entero, a su aire, evitando utilizar a Amelia como segundo plato. Siguió distante en la cercanía.
Finalmente, llegó la terrible noticia que Amelia se había visto venir encima. Miriam propuso cenar en su casa, pizzas por supuesto, a lo que los dos contables habían asentido con una inmediatez sospechosa.
Amelia se imaginó incómoda en una especie de picadero desastroso y desordenado intentando no perder la compostura.
Pedro y Miriam ya se dirigieron al coche formando un solo cuerpo. Más retrasados, Gonzalo a su izquierda, Amelia a su derecha.
Amelia se sentía comparsa de un fiesta de carnaval.
Continuará...
@ 2006-02-13 – 07:48:00
PARTE SEIS:
Mario soportó con estoica timidez las felicitaciones de sus “compañeros” y “amigos” por las dos horas que había estado con Katja. Había salido caro, no a Mario, pero debía haber valido la pena dada la despedida con petición de vuelta que Katja había dispensado a Mario delante de sus amigos.
Lo que éstos no sabían es que Mario había pedido a Katja que se volviera a vestir, que se tumbara en la cama y que le explicara cómo había llegado a aquella situación. Katja, en un castellano que para sí quisieran muchos españoles, explicó a Mario que era licenciada en Ciencias Políticas y que había vivido en un suburbio de Moscú hasta un año después de licenciarse. La falta de oportunidades le hizo “emigrar en busca de fortuna” sabiendo, desde un primer momento, a qué iba a tener que dedicarse.
Mario, por su parte, le explicó condensadamente cómo era su vida, estable pero infeliz, le dijo, y dedicó sólo diez minutos a hablarle de Ana. El resto lo dedicó a Noemí.
- Yo me he equivocado de elección –dijo Katja sumida en una leve tristeza- pero aún conservo la fuerza que me da el hecho de haberlo intentado, el no haberme quedado petrificada, sin saber qué hubiera pasado. Ve, conoce a Noemí, quizás sea tu próximo peldaño, quizás sea tu siguiente pozo…
Mario agradeció a Katja, con una última mirada, su gesto ante sus amigos, gesto que él no le había pedido. Se fue, engullido por su grupo de amigos, inmerso en sus grotescas risotadas, con la cabeza vuelta hacia atrás, la mirada fija en Katja, pensando qué podría haber sido de ellos en otras circunstancias…
No era cierto que Mario y Katja hubieran podido formar una bonita pareja, tampoco dejaba de serlo. Lo cierto era que, por más que lo intentaba, no le era posible reconocer a Diego en aquel fantoche que estaba ahora sentado en aquel bar explicando con todo lujo de detalles, demasiado explícitos la mayoría, tanto lo que le habían hecho como lo (poco) que él había podido hacer.
Decidió que era un buen momento para interrumpir temporalmente su amistad con Diego, estaba plenamente convencido de que, en los próximos meses, sus caminos debían separarse. Diego había cambiado, tanto y en tan poco tiempo que le estaba defraudando a raudales.
En ese estado de ánimo llegaba Mario a la víspera de su cita con Noemí. Ésta, con la precaución digna de una mujer de estos tiempos, había citado a Mario para tomar un café en horario de trabajo y junto a una compañera suya.
La escena se le antojaba a Mario tan violenta que no puedo más que tragar saliva sólo con pensar en ella.
Continuará en breve…
@ 2006-02-11 – 21:20:17
PARTE CINCO:
Diego empujó a Mario dentro del bar.
- ¡Venga, joder! – exclamó entre eufórico y molesto - ¡que parece que te estén llevando al matadero!
Mario sonrió, intentando transmitir seguridad, sin conseguirlo. Le delató la pregunta.
- ¿Estás seguro de querer entrar aquí?
- Vamos, hombre, no será para tanto. Yo tampoco lo he hecho nunca, ¡pero esto hay que celebrarlo! – Diego estaba eufórico, extrañamente eufórico.
Dos amigos, ex compañeros de fútbol, les acompañaban en la celebración. Ellos sí parecían conocer mejor las aguas en las que se iban a adentrar. De echo, fueron recibidos rápidamente por tres espectaculares chicas con tanta piel a la vista como desparpajo a la hora de saludar a los recién llegados.
Al fondo del local, justo donde acababa la larguísima barra de copas, una chica ejercitaba posturas imposibles en torno a una barra metálica, como si fuese un bombero saliendo urgentemente a apagar fuegos.
Una de las chicas, tras acariciar sensualmente a uno de los compañeros de Diego por detrás de las orejas, echó un rápido vistazo al grupo que había venido con los dos futbolistas, pareció hacer un breve cálculo mental e hizo una seña, brazo en alto, no muy vistosa, discreta pero efectiva para que se incorporaran tres chicas más.
Seis para cuatro. Diego estaba excitado como un niño ante los regalos de Navidad, todavía sin abrir. Mario estaba confirmándose a sí mismo que no le gustaba demasiado estar allí. Su pene estaba empezando a pensar de distinto modo.
Diego comentó algo al oído de uno de sus amigos, que soltó una gran carcajada y, mientras le daba una gran palmada en el hombro, al estilo de “¡claro, campeón!”, hizo acercarse, todavía más si eso era posible, a la chica que había hecho la seña, la que parecía la líder, sino del local, sí de aquel grupo.
Inmediatamente, se produjo un movimiento general, como cuando ya se han escogido los compañeros de tu equipo para el partido de fútbol que se va a jugar en el patio del colegio, y las dos chicas más espectaculares, la que ejercía de líder y otra chica, negra, la única del grupo, se pegaron a Diego como dos pedazos de hierro se pegan a un enorme imán. Otra de las chicas, no menos espectacular, hizo lo propio con Mario, que no sabía si pedir que se le abriera la tierra bajo los pies o si pedir que le abrieran la bragueta antes de que ésta reventase violentamente. Los dos futbolistas y las otras tres chicas se marcharon, formando una fila horizontal, abrazados como si fueran a bailar para Tolouse-Lautrec; entre los cinco ocupaban el espacio de tres.
- ¡Recordad, a la salud de María ! – acertó a gritar Diego mientras era arrastrado cual esquiador náutico despistado mientras su lancha arranca.
Éste no es Diego, pensaba Mario. Creía que Diego iba a celebrar su “liberación” de un modo más civilizado y ahora se veía allí, con ¿Katja?, sin saber dónde meterse ni qué hacer.
Katja había actuado de un modo totalmente distinto al de sus cinco compañeras. No actuó como una universitaria veinteañera con unas locas ganas de juerga ni lo arrastró compulsivamente hasta su habitación como si fuera el primer hombre que veía en años. Desde el primer momento se mostró absolutamente sumisa, remilgada (increíble que lo pareciera con el vestido que llevaba) y expectante, siempre con una amplia sonrisa en su cara.
A Mario le resultaba difícil recordar haber visto nunca una mujer de piel tan blanca y pelo tan rojo. Era tan alta como él, aproximadamente 1,70 sin calzar unos tacones excesivos, eso sí, tan finos que costaba creer que no se rompieran en el siguiente paso. Vestía una falda asimétrica, con un profundo corte en el centro, más profundo por delante que por detrás, de un intenso color rojo, medias negradas con grabados y un suéter blanco, sin escote, pero que dejaba ambos hombros al descubierto. Su pelo largo, con amplias ondulaciones situadas por doquier.
Caminando, lentamente, hacia una de las habitaciones, curiosamente situadas en la misma planta que la zona de copas y de baile, le dijo que no sabía hablar muy bien su idioma pero que no se preocupara, que allí no le iban a ser necesarias las palabras. Tras recorrer un largo pasillo donde el ruido de la zona de copas ya quedaba bastante amortiguado Katja invitó a Mario a entrar a una de las habitaciones.
Mario esperaba encontrarse la típica habitación que las películas suelen ofrecer, con espejos por todos lados, mobiliario extravagante y cava a los pies de la cama. Esto último fue lo único que encontró al entrar. De todos modos, la habitación rezumaba elegancia, aunque discreta, por todos los costados.
Mario no sabía qué debía hacer, si abrir el cava, si ponerse en plan machito, si abalanzarse sobre ella; aquello no iba con él, por mucho que hubiera navegado en internet por cosas así y por algunas peores. Katja podía parecer sumisa, pero no novata, y tenía catalogado a Mario, desde que entró al local, a trompicones por cierto, en el apartado de “cortados”.
Estaban algo alejados de los pies de la cama, Katja algo menos, Mario apunto de apoyarse en la pared más próxima. Ella le introdujo el dedo índice por detrás de su cinturón, como si quisiera coger la hebilla al revés, y tiró de él con suavidad. Mario, como un zombie, se adelantó un paso. Katja pasó sus manos por detrás de su propia cintura, se oyó como bajaba, lentamente, su cremallera y, con un hábil gesto, dejó caer la falda a sus pies. Mario no podía ver nada, estaba demasiado cerca. Mientras dudaba si retroceder un paso para tener más perspectiva Katja ya se había despojado de su suéter dejando sus pechos al desnudo. Mario ya había adivinado hacía tiempo, por las formas del suéter, que Katja no llevaba sujetador, cosa que tampoco le extrañó.
Katja se dio media vuelta, mirando hacia la cabecera de la cama y se bajó las braguitas, blancas y de encaje, en forma de culotte, formando un ángulo recto con su cuerpo de tal modo que en el momento de pasar las manos por sus tobillos su culo, absolutamente blanco, sin marca alguna de bronceado, hiciera algo más que rozar su pene. A esas alturas, éste ya tenía vida propia.
La bella Katja, con sus esculturales veinte años, en el caso de que llegara a tenerlos, empezó a trepar por la cama, lentamente, como si fuera una gata; cuando estuvo totalmente encima de la cama, apoyada sobre manos y rodillas, se detuvo. Sólo sobresalían de la cama sus pies, vestidos por esos zapatos que parecían apuntarle con esos tacones, como si fueran cuchillos. Las medias negras, perfectamente tensadas, acaban cerca del final de los muslos, aprisionándolos de un modo que a Mario le parecía que debía ser incómodo. Cuando su vista iba a pasar del final de las medias a su vagina, Katja arqueó lentamente su espalda, hacia abajo, ofreciéndole todo como quien le abre los brazos a un huésped.
Katja parecía empezar a adivinar las preferencias de Mario.
Y allí tenía Mario a Katja, casi del mismo modo en que el día anterior había tenido a Ana.
Continuará en breve…
@ 2006-02-11 – 21:19:01
PARTE CUATRO:
Mario volvió a la cama a las dos de la mañana, Ana dormía plácidamente y solo una almohada en el suelo podía constituir la única señal de que en aquella habitación hubiese habido una discusión unas horas antes.
Volvió relajadísimo, con una sonrisa en su rostro, y no había mediado masturbación alguna entre su salida airada del dormitorio y su regreso sonriente. Ningún cuerpo desnudo había transitado por la pantalla del ordenador, ningún video obsceno, ningún relato más o menos picante, más o menos erótico… sólo ella, sólo Noemí.
Mario se acostó dándole la espalda a la espalda de Ana; aquello parecía escenificar a la perfección la distancia real que parecía haber aquella noche. Ana tiró un poco de su sábana hacia su lado, Mario ignoró el gesto.
La mezcla de sentimientos en el corazón y la cabeza de Mario era extraordinaria. No sabía qué pasaba con Ana, se sentía bien conversando con Noemí, deseaba a Ana, sexualmente, pero sentía una atracción gravitatoria enorme hacia Noemí. Se sentía confuso pero se sentía bien. Centrifugando esa mezcla de sensaciones se quedó dormido.
Noemí y Mario llevaban cerca de un año contactando por internet, manteniendo largas charlas sobre todo tipo de temas. No se habían visto, no se conocían en persona, ni siquiera habían hablado por teléfono, pero sentían que se conocían mejor de lo que pudieran conocerse dos amigos clásicos de toda la vida. Ni la pareja de Mario ni el novio de Noemí estaban al corriente de esos contactos. Para Noemí había sido mucho más sencillo que para Mario ya que no vivía junto a su novio a pesar de vivir sola; su novio estudiaba en una universidad a casi doscientos kilómetros, la suficiente distancia como para que se vieran solo los fines de semana.
Aquellos contactos se habían iniciado de un modo inocente, ya no recordaba exactamente cómo, pero se habían ido adentrando en aspectos personales e íntimos lentamente, sin prisa pero sin pausa. Todo el mundo tiene más o menos problemas en sus relaciones y ellos se tenían el uno al otro como oasis donde descansar de sus respectivas fatigas.
Mario había intentado, tiempo atrás, un acercamiento más directo hacia Noemí pero fue rechazado, de un modo tan sutil como elegante, tan halagador como amable. Este modo de rechazo, lejos de distanciar a Mario de Noemí le hizo aumentar su admiración como persona; su grado de empatía no era desdeñable y comprendió perfectamente la razón que llevó a Noemí a mantener aquella distancia prudencial.
Pero el impulso sexual no entiende de razones, ni de distancias. Quiere eliminarlas a ambas lo antes posible y del modo más fulminante posible. Mario prosiguió sus contactos con Noemí ignorando qué era más fuerte en su interior, si su impulso sexual o su atracción por Noemí en su vertiente más personal.
Aquella noche Noemí había aceptado una cita. Lejos de estar eufórico, Mario estaba serenamente feliz.
Continuará en breve…
@ 2006-02-11 – 21:17:39
PARTE TRES:
- ¡Mierda! ¡Joder! –exclamó Mario, furioso, mientras lanzaba la almohada contra la pared. ¿Qué coño pasa?
Ana, desnuda sobre la cama, boca abajo, con la cara sobre los antebrazos, como si quisiera ocultar su rostro, permanecía en silencio. Estaba en la misma postura en la que se había dejado caer, dos minutos antes, cuando estando apoyada sobre sus manos y rodillas, tal como Mario le había pedido que se colocara, dijo “cari, lo siento, estoy muy cansadita, no va a poder ser”.
- ¡Pero si ni siquiera has de hacer nada! ¡Ya lo hago yo todo! –gritó Mario aún más, al mismo tiempo que se daba cuenta de la memez que estaba diciendo, fruto de la desesperación.
- He tenido un día muy duro –empezó a sollozar Ana, todavía sin levantar la cara- y además, esto de María y Diego… -se lamentó, ya lágrima en cara, procurando hacerse ver en ese estado.
- ¿¡¿Y para eso vienes a ponerme como una moto?!? – se quejaba amargamente, mientras permanecía todavía de rodillas, en actitud vencida, detrás de Ana. Al alcance de su vista, la redondez, mas achatada por la ligera acción de la gravedad, del culo de Ana, sus muslos, ligeramente entreabiertos, mostraban su vagina, cerrada aún a cal y canto. “Todavía la podría penetrar” pensó Mario “quizás se podría olvidar de esas chorradas”.
Mario se dio cuenta de que las chorradas las estaba pensando él y que llevaba dos en tan sólo diez segundos. Afortunadamente, la segunda no llegó a salir por su boca. Justo en el momento en que estaba empezando a pensar que quizás Ana no había tenido uno de sus mejores días y que él se estaba empezando a comportar como un cabrón oyó lo que no quería oír, y no era la primera vez.
- ¡¿¡ Por qué eres tan egoísta !?!
Aquello le hizo sentirse ultrajado, manipulado, vilipendiado…
- Egoísta –se repitió en voz alta, pero rebajando el tono hostil que aquel diálogo estaba tomando.- Egoísta –y esbozó una mueca, burlona, mientras bajaba de la cama, completamente desnudo.
- Me voy al ordenador, a internet – le comunicó, lo más fríamente que pudo- ah! A hacerme una paja, que lo sepas – hirió, o al menos lo intentó, con intención de hacer el máximo daño posible.
Nunca le había dicho algo de ese estilo a Ana. Esperaba verla subida por las paredes en un instante, montada en cólera, probablemente tirándole a la cabeza lo primero que tuviera a su alcance. Para su sorpresa, Ana se dio la vuelta, con parsimonia, con gesto entre cansada y aburrida, se arropó con la sábana y apoyo su cabeza en la única almohada que quedaba en la cama, dispuesta a dormir como si allí no hubiera pasado nada.
- Espero que, por lo menos, Noemí esté conectada.
Continuará en breve…
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